El ambiente político del Ecuador durante la actual presidencia de Rafael Correa podría ser caracterizada como una visceral bronca entre ñaños. Tanto el movimiento gobiernista como la desasociada oposición chillan y patalean por el mas minuto movimiento del otro. En su gran mayoría, los berrinches tienen motivos legítimos. La falta de fiscalización en el actual gobierno ha sido lamentable – mas no extraordinaria, y la intransigencia de la oposición en su resistencia en considerar cualquier proyecto del gobierno ha sido muy perjudicial. La magnitud, sin embargo, de estos berrinches ha sido totalmente exagerada. Adicionalmente, la quisquillosa manera en que los medios se han comportado ante el conflicto solo ha servido para exacerbar la situación.

Mi sospecha es que el problema no es nuevo, sino tal vez se ha hecho evidente por el momento ideológico que ha gozado el discurso revolucionario de este gobierno. La figura mítica de la dura mano del dictador benevolente, caudillo, revolucionario líder que cambiaría radicalmente el país, ha dominado el vernáculo político nacional desde el nacimiento de la república. Garcia Moreno y Alfaro, Febrescordero y Correa, todos han hecho gran uso de esta ficción para su ventaja. El caudillo nacional ha sido bienvenido como el salvador de la patria. Incrustado en el concepto del líder está también el cambio radical que garantizaría el éxito inmediato del país. Así el aspirante a caudillo ha anunciado la venida de su propia revolución, completa con ideologías, aliados y enemigos. Es un mensaje muy poderoso, que resuena con el pueblo y gana elecciones una y otra vez.

No obstante, mas allá de la desaparición de la pobreza y el desarrollo económico, los términos de ese éxito no están definidos en esta fantasía. Evidentemente, existe un obstáculo en la falta de definición, aunque el querer o creer en una sociedad menos pobre, mas justa o desarrollada es apreciable. La utopía ofrece solo un destino, aunque bastante vago, pero no un sendero que seguir. Hay un considerable salto que se debe dar, desde el arribo del caudillo hasta añorada patria renovada. De hecho, el defecto de la fantasía tiene que ver mas con este salto.

Al revolver el discurso en torno de la revolución despreciamos cualquier desarrollo que si se ha logrado. Adicionalmente, asuntos del estado son enmarcados en términos absolutistas. Así el gobierno se maneja en términos duales. Proposiciones nuevas se juzgan en el contexto polarizado de lo bueno en contra de lo perverso. En estos términos también juzgamos a nuestros servidores públicos: aliados a la revolución u oposición.

Por otra parte, este absolutismo nos permite externalizar todos los problemas de la sociedad en la desgracia o éxito de la revolución vigente. Toda responsabilidad personal o comunitaria esta absuelta. Si en un momento estamos de acuerdo con la revolución, perdonamos sus transgresiones. Nos victimizamos si la aborrecemos. De todas maneras, luego de ratificar o despreciarla, nuestra obligación hacia la democracia ha concluido.

Un ejemplo es la ley de comunicación. Es evidente que los medios y la oposición estan en contra de la ley como esta conformada en este momento. Sin embargo, desde la alusión inicial del gobierno de su intención de reformar la ley que rige los medios de comunicación, estos hecharon un grito al cielo. La oposición aludió a la libertad de expresión, el libre mercado, y la persecución política. No obstante, es innegable que ley vigente no es ejecutable. La reforma es necesaria. Al negarse a negociar, los medios, se pusieron entre la espada y la pared. La ley actual tiene reglas anticuadas o no ejecutables, que son más peligrosas para que la prensa pueda conducir un discurso saludable. Pero al calificar los motivos del gobierno como perversos, y ponerse en una posición de víctimas, renunciaron a su derecho a contribuir en el futuro de la ley. Indudablemente, la defectuosa proposición de ley del bloque del gobierno va a ser forzada por la asamblea. Si la actitud de la oposición desde el principio hubiese sido de colaboración, en vez de deslegitimación, las negociaciones habrían producido un proyecto más centrista, simple, y en su proceso menos gritos y lloros.

Reemplazar los tambores de revolución por un espíritu de reforma es esencial para el progreso del país. Como sociedad debemos reconocer no solo nuestros objetivos sino el camino para obtenerlos. Debemos ser escépticos de quien ofrece el oro y el moro. También debemos saber negociar, discutir, y hacer compromisos. Es indiscutible que ideologías intransigentes que no se prestan al pragmatismo, el cuestionamiento y la discusión son caducas y debemos dejarlas de lado. Un ambiente de reforma no solo asegura el cambio paulatino y seguro, sino promueve la estabilidad y confianza en nuestras instituciones.